Una práctica para toda la vida
- Andrea Llorens b

- 7 jul
- 4 min de lectura
Nunca dejé de practicar. Pero sí hubo momentos en que llegaba al mat con las pilas a medias, o usaba una lesión como excusa para quedarme en lo conocido y no exigirme demasiado. Hasta que un día me corté un dedo — un corte enorme, de los que obligan — y de repente no podía apoyar las manos como siempre.
Y ahí pasó algo raro. Sin poder hacer lo de siempre, tuve que escuchar. Moverme diferente. Prestar atención a partes del cuerpo que antes daba por sentadas. Y fue precisamente en ese período que logré Pincha Mayurasana — el equilibrio sobre los antebrazos — una postura que había intentado muchas veces sin resultado.
Eso me dejó con una pregunta que todavía cargo: ¿aprendí la postura, o aprendí algo mucho más grande sobre lo que es el yoga?
Eso es lo que quiero contarte hoy. No sobre posturas. No sobre cuántas veces a la semana practicar. Sino sobre cómo construir una relación con el yoga que dure — no porque seas disciplinado/a o porque tengas el cuerpo indicado, sino porque aprendiste a adaptarte.
Hay una idea que aparece mucho en los primeros años de práctica, y que creo que hace más daño que bien. La idea de que avanzar en yoga significa llegar más lejos en las posturas. Que si llevas tres años practicando deberías poder hacer una invertida, o un espectacular balance sobre los brazos, o la postura del loto sin que las rodillas duelan.
Yo también la tuve esa idea. Y el problema no es solo que sea falsa — es que con esa medida, el yoga siempre va a ser una competencia que vas perdiendo. Porque el cuerpo cambia. El tiempo disponible cambia. Las prioridades cambian. Y si la práctica depende de que todo ese contexto esté alineado, la práctica va a caer cada vez que algo se mueva.
Lo que nadie te cuenta al principio es que la práctica sostenible no se ve espectacular. Se ve como llegar al mat aunque tengas diez minutos. Se ve como elegir una secuencia lenta cuando el cuerpo lo pide, aunque en otra época hacías Flow con los ojos cerrados. Se ve como modificar una postura sin disculparte por modificarla.
He tenido alumnas que vienen años, desaparecen durante meses — un embarazo, una enfermedad, una mudanza, un período de la vida que no deja espacio — y vuelven. Y lo primero que dicen, casi siempre, es: "sé que perdí mucho". No perdieron nada. Cambiaron. Y el yoga puede trabajar con eso, si tú se lo permites.
Eso que se aprende en el cuerpo — la flexibilidad real no es de los músculos isquiotibiales, es de la actitud — es lo que hace que la práctica sobreviva el tiempo.
El yoga no es solo físico. Lo decimos mucho, pero creo que tarda años entenderlo de verdad desde adentro. Porque cuando empiezas, lo que sientes primero es el cuerpo. El calor, la fuerza, la apertura, el cansancio. Y eso está bien. El cuerpo es la entrada.
Pero con el tiempo — si te dejas — empiezas a notar otras cosas. Notas cómo llegas al mat. Si ese día estás controlando o soltando. Si estás presente o si tu cabeza está en otra parte haciendo listas. Notas cómo respondes cuando una postura no sale: si te frustras, si te rindes rápido, si lo fuerzas de todas formas.
El mat se convierte en un espejo. Y eso no siempre es cómodo. A veces no quieres ver lo que refleja. Pero es información. Y la práctica, con el tiempo, te entrena para recibirla sin reaccionar de inmediato. Eso también es yoga.
Hace poco alguien me preguntó si creo que el yoga "funciona". Me pareció una pregunta honesta. Y mi respuesta honesta es: depende de para qué lo uses. Si lo usas para escapar del cuerpo, no funciona. Si lo usas para competir con el de al lado, tampoco. Pero si lo usas como un espacio para conocerte — con todo lo que implica eso, lo cómodo y lo incómodo — sí. Funciona.
No de forma inmediata y no de la manera que esperas. Pero funciona.
Lo que sí sé, después de años de práctica y de ver a muchas personas transitar por distintos momentos de su vida en este espacio, es que las personas que mantienen la práctica en el tiempo no son las más flexibles, ni las más fuertes, ni las más disciplinadas.
Son las que aprendieron a no exigirse perfección. Las que vuelven aunque hayan estado ausentes. Las que modifican sin vergüenza. Las que saben que una práctica de quince minutos también cuenta. Las que entienden que el yoga no les pertenece solo cuando están en su mejor momento físico, sino en todos los momentos.
Y eso, que suena sencillo, es en realidad lo más difícil de aprender.
Si estás en un momento en que la práctica está costando — porque el cuerpo no responde como antes, porque el tiempo no alcanza, porque algo cambió — esto es para decirte que ese es exactamente el momento en que el yoga tiene más para darte. No a pesar de las condiciones difíciles. Con ellas.
La práctica no espera que tu vida esté ordenada para empezar. Empieza en el desorden. Se adapta. Y tú, con el tiempo, también.
Nos vemos en el mat.
— Andrea, Kula Yoga Chile

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